Desde siempre, he creído en el poder de la curiosidad y la sensibilidad para transformar nuestras vidas.
No siempre tuve claro que mi camino sería emprender, pero sí sabía que dentro de mí ardía el deseo de encontrar soluciones a aquellos enigmas que parecían no tener respuesta.
Esta pasión me llevó a adentrarme en el mundo de la Psiconeuroinmunología Clínica, un viaje que comenzó, no por casualidad, sino por una profunda necesidad de comprender más allá de lo evidente.
La pérdida de mi abuelo a causa de un cáncer terminal marcó un antes y un después en mi vida, impulsándome hacia una búsqueda incansable por el equilibrio entre el cuerpo y la mente, entre la ciencia y el alma.
Nunca me ha gustado ver reflejado el sufrimiento en los demás, sobre todo en las personas que más quiero, como fue mi abuelo.
Saber que su vida llegaba a su fin y no había opción alguna para cambiar su historia creó en mí un sentimiento de impotencia y frustración.
Sin embargo, más que hundirme este acontecimiento sacó la luchadora que llevaba dentro. No quería conformarme con aceptar la muerte, fuese de quien fuere, solo por no saber suficiente.
Así fue como, gracias a la huella que dejó en mí mi abuelo, decidí adentrarme en el mundo científico, graduándome en Bioquímica y Biología Molecular. Empezando el camino que me llevaría dónde estoy ahora.
Cada paso que he dado, ha sido una prueba de fuego para mis creencias e intuición. Tener el deseo incansable de saber más de lo estipulado hacía que mirase hacia lados dónde la mayoría no quiere. Y con ello, ponía patas arriba todos los dogmas que me habían enseñado desde que tenía uso de razón.
Cada conocimiento nuevo que asimilaba hacía que tuviese más claro que vivir con salud y armonía tenía que ser más fácil de cómo nos contaban.
Después de trabajar en diferentes laboratorios y ver que mi propósito por mejorar la salud de los demás no se alineaba con la mayoría de empresas del mercado, supe que mi camino continuaba por crear mi propio proyecto.
Uno que provocase un cambio real en la vida de las personas, integrando todo lo que nosotros como humanos necesitamos para estar sanos.
Esta perspectiva integrativa de entender la medicina fue la que me abrió las puertas hacia la Psiconeuroinmunología Clínica.
Una ciencia aplicada que comprende la salud como un equilibrio entre el cuerpo, la mente, las emociones y el ambiente.
Todos ellos, pilares interconectados que no pueden separarse unos de otros y que su combinación es la que moldea nuestro contexto de vida y nos hace ser quienes somos.
La Psiconeuroinmunología me dio las respuestas que llevaba buscando durante tanto tiempo. Con ella comprendí que saber lo que realmente nuestra fisiología espera de nosotros es la clave para encontrar la raíz de nuestras enfermedades y poder curarlas.
Como buena científica, decidí experimentar todo lo aprendido en esos dos años conmigo misma, como si de mi propio conejillo de indias se tratara.
Entender mi vida desde que estuve en el vientre de mi madre hasta donde estoy ahora, analizando mi bioquímica, mi sistema nervioso y el contexto con el que me crié fue la forma en la que mi vida se puso en orden.
Fue la forma de entenderme a mí misma, con lo bueno y con lo malo. Responsabilizándome de mi salud y de lo que realmente quería en mi vida.
Llegado a ese punto, sabía que tenía las herramientas que fui buscando durante tantos años para poder aliviar el sufrimiento de los demás y con las que podrían disfrutar de una vida plena y sin limitaciones. Ya no podía dar marcha atrás.
La espina que llevaba clavada de pequeña por la pérdida de mi abuelo era suficiente como para no dejar que otro de mis pilares en mi vida siguiese sufriendo, mi madre.
Durante más de tres décadas, mi madre estuvo sufriendo de dolor crónico y problemas autoinmunes.
Sentía que su visita anual al especialista junto con todas las pruebas que le hacían no servían para nada. Porque el dolor siempre seguía ahí.
Le recetaron analgésicos como única solución los cuales no mejoraron sus síntomas pero sí saturaron su hígado y con ello, aparecieron otros tantos. Parecía que no se podía hacer nada más que esperar a que por arte de magia el dolor desapareciera.
El sistema no iba a hacer nada más, porque tampoco tenían la curiosidad para ir más allá de lo que les habían enseñado. Así que la única solución fue coger nosotras mismas la sartén por el mango y ver qué sucedía.
Gracias al enfoque integrativo de la Psiconeuroinmunología, pudimos encontrar el origen de su dolor. Hicimos un recorrido por toda su vida para detectar los impactos que lo desencadenaron todo.
Con ello cambiamos su estilo de vida, suplementamos lo necesario para ayudar a mejorar su fisiología y trabajamos el conflicto emocional que se escondía detrás.
Mi madre había recuperado el equilibrio que perdió hacía tanto. No me pude sentir más en paz como cuando me dijo que ya no tenía dolor con una mirada llena de vitalidad. Su sufrimiento había terminado.
Igual que con mi madre, mi propósito con mi proyecto es contribuir a mejorar la salud de todas esas personas que llevan años sufriendo de dolor y que no se conforman con aliviar sus síntomas como parches que tapan agujeros.