Desde pequeños, hemos tenido claro que el sol es la estrella que nos ha dado la vida y sabemos que cuando ella muera, la vida en la Tierra también lo hará.
Según la teoría quimio-sintética sobre el origen de la vida, tenemos la certeza de que hace 3.500 millones de años surgieron las condiciones perfectas para que los átomos inorgánicos presentes en nuestro planeta pudieran convertirse en materia orgánica y posteriormente en vida. Dentro de estas condiciones, era imprescindible la luz del sol (sobre todo la ultravioleta) y la ausencia de oxígeno.
Sabiendo que el sol fue un factor indiscutible para la creación de la vida, ¿por qué pensamos que es peligroso y nos daña? ¿Si llevamos tantos millones de años conviviendo con él, no deberíamos estar adaptados a todo lo que recibimos de él?
Para responderte, primero debemos hacer un breve resumen sobre la historia moderna.
Ya en el siglo V a.C Hipócrates detectó en algunos de sus pacientes una serie de lesiones pigmentosas que se parecían al melanoma actual. A lo largo de la historia, han ido apareciendo más casos que permitieron describir con más profundidad este tipo de lesiones hasta que Robert Caswell introdujo el término melanoma en 1838.
Sin embargo, la incidencia de este tipo de cáncer era muy baja, solo se encontraban casos puntuales, y no fue hasta finales de la década de 1940 en que estos empezaron a aumentar, justo cuando las primeras cremas solares se empezaron a comercializar y nuestros avances tecnológicos aumentaron nuestra exposición a las radiaciones electromagnéticas artificiales.
Entonces, ¿cómo es que hay tantos estudios científicos que asocian la radiación ultravioleta del sol con el cáncer de piel?
La realidad es que en el mundo de la ciencia hay que ser muy crítico y aplicar el sentido común para poder analizar correctamente los resultados y las conclusiones de sus estudios.
Piensa que la mayoría de los estudios se realizan con modelos animales no humanos o tejidos celulares que están modificados genéticamente para que se mantengan vivos. Todo esto, hay que tenerlo en cuenta, ya que las condiciones no son las mismas que las nuestras.
En la mayoría de los casos, se usan ratones y ratas debido a que son mamíferos como nosotros y hay muchas vías metabólicas que se conservan.
Sin embargo, hay que tener presente que los roedores son animales nocturnos y por lo tanto, no están adaptados a las mismas condiciones que los humanos.
Por otro lado, hay que tener claro que las condiciones con las que se crea un experimento no reproducen para nada el ambiente al cual nos exponemos en la naturaleza, donde todo tiene su razón de ser y rige el equilibrio. En estos casos, no se recibe la exposición completa de la radiación solar. Todos los estudios están hechos solo con radiación ultravioleta (UV), mientras que en la naturaleza siempre recibimos esta radiación junto con la infrarroja, la cual compensa sus efectos.
El sol emite diferentes radiaciones las cuales contactan con nosotros 8 minutos después de haberse emitido. Todas ellas proporcionan información electromagnética a nuestras células y por lo tanto, las distinguimos según su frecuencia y su longitud de onda. A menor frecuencia, mayor longitud de onda y por lo tanto, menor intensidad.
En esta imagen podéis ver los rayos con los que estamos en contacto desde que amanece hasta que anochece. Si os fijáis, veréis que la luz más intensa, la ultravioleta B (UVB), es la que aparece durante menos tiempo y la menos intensa, la infrarroja (IR) está siempre presente.
Cada una de ellas tiene su función y es indispensable para nuestras células. Sin embargo, todas las debemos recibir como la naturaleza nos brinda y no como lo hacemos hoy en día, donde vivimos en un ambiente excesivo de luz artificial predominante en luz azul (también se la conoce como luz visible de alta intensidad).
La luz infrarroja está presente durante todo el día, equivale al 56% de los rayos del sol. Además, este tipo de radiación la podemos recibir de cualquier superficie que desprenda calor.
Sin duda alguna, es el tipo de luz que más beneficios nos brinda ya que:
a. antioxidante,
b. inhibidor de la muerte celular (apoptosis),
c. inhibidor del efecto Warburg en las células tumorales,
d. regulador de la autofagia.
Este espectro comprende desde el color rojo hasta el violeta, pasando por todos los colores del arcoíris. Aunque cada uno tiene su efecto, el que más impacto ejerce es la luz azul de alta intensidad. Gracias a ella, somos capaces de:
Como puedes ver, la luz azul tiene efectos contrarios con la infrarroja con lo que llegamos a un equilibro entre ambas que regulan nuestras funciones perfectamente.
Dentro de la luz ultravioleta distinguimos 3 tipos diferentes: la UV-A, la UV-B y la UV-C. Esta última, la UV-C no traspasa la atmósfera y por lo tanto no nos llega.
La luz ultravioleta es la radiación electromagnética más energética que absorbemos y, aunque es a la que menor tiempo nos exponemos, es imprescindible para regular nuestra fisiología.
Muchos de los beneficios que esta nos genera es gracias a la producción de vitamina D cuyo primer paso sucede en la piel:
Además, los UV-B estimulan la síntesis de otras hormonas como la serotonina y las beta-endorfinas, estas últimas esenciales para sentirnos relajados y sin dolor.
Nuestro bienestar depende de encontrar el equilibrio con la naturaleza. Ella siempre ha sido nuestra aliada, como dependíamos de ella para encontrar alimento, nuestras células se han adaptado a ella para poder sobrevivir. En ella siempre encontraremos las respuestas que necesitamos.
Si no me crees, ¿cómo es que en éstas últimas décadas ha habido un aumento exponencial de enfermedades crónicas que coincide justo cuando la industria y la tecnología aparecieron en nuestras vidas de forma permanente, cambiando nuestra forma de vivir hacia una apartada del exterior?
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