
¿Te has planteado por qué te ha tocado vivir con una autoinmunidad cuando antes nadie de tu familia la ha sufrido?
¿Es azar o podemos encontrar otra explicación que no sea debida solo a la genética?
Verás, en las enfermedades autoinmunes, igual que en otras enfermedades crónicas en pleno auge hoy en día, hay un componente muy importante y que a veces nos olvidamos de él: el estilo de vida.
Podemos decir que nuestros genes son la biblioteca donde nuestras células acceden a la información que necesitan en el momento adecuado para producir las proteínas que se requieren en cada situación. Según nuestra evolución, cada uno de nosotros ha ido modificando su código genético a través de pequeñas mutaciones que han permitido adaptarnos mejor a nuestro ambiente a través de varias generaciones. Por ejemplo, los africanos tienen una mutación en la enzima glucosa-6-fosfato deshidrogenasa que los protege contra la malaria aunque eso también implica que tengan anemia falciforme.
Nuestra salud no solo depende de la genética. Realmente, deberíamos ver la salud como un vaso de agua: según tu genética, ese vaso estará más o menos lleno pero nunca se llenará del todo. Para que rebose, y eso implica la aparición de la autoinmunidad, hay que acompañarlo con un entorno que contribuya a ello.
En este artículo, vas a aprender lo siguiente:
Primero de todo, lo que necesitamos entender es cómo funciona nuestro sistema inmunitario:
El sistema inmunitario es nuestra barrera de defensa frente a cualquier célula, proteína, microorganismo o tóxico que pueda poner en peligro nuestra supervivencia. Es nuestro vigilante de seguridad andante que recorre todo nuestro cuerpo con tal de eliminar aquello que pueda generar problemas, como una célula mutada o disfuncional, y reparar los tejidos que se requieran.
Para que nuestro sistema inmunitario funcione adecuadamente tenemos que tener en cuenta los siguientes factores:
Casi todas las funciones corporales siguen patrones circadianos, es decir, destinan un momento determinado del día para unas tareas concretas. El punto máximo de actividad del sistema inmunitario es la noche, justo cuando el cerebro deja de requerir tanta energía.
Durante la noche, nuestro cuerpo se encarga de eliminar desechos y células dañadas. También combatimos las infecciones (por eso por la noche la fiebre sube) y estimulamos los mecanismos de limpieza, desintoxicación y reparación.
Y todo esto requiere de dos cosas:
Cuando no nos vamos a dormir pronto (a las 23h máximo) y descansamos menos de 6 horas, nuestro cuerpo no es capaz de activar todo este proceso ya que solo es en las primeras horas nocturnas que el sistema inmunitario se activa. Las últimas horas de la noche, el cerebro empieza a priorizarse y es cuando la fase REM del sueño se alarga con tal de encontrar soluciones a los problemas vividos en el día anterior.
¿Qué puedes hacer para mejorar tu descanso?
Te puede extrañar, pero nuestra salud intestinal tiene mucho que ver con nuestra inmunidad. Piensa que el tubo digestivo es la principal vía de contacto con el exterior que tenemos, desde la boca hasta el ano.
A través del sistema digestivo, nos exponemos cada día a multitud de moléculas y microorganismos que pueden dañarnos. Por eso, más del 70% de nuestro sistema inmunitario se aloja a su alrededor.
Entre ellos, existe una conexión bidireccional que permite al sistema inmunitario entrar en la luz intestinal y combatir cualquier agresión; y al tubo digestivo enviar ciertas moléculas al sistema inmunitario con tal de entrenarlo. Por ejemplo, para tolerar ciertos alimentos que aunque sean de fuera, no son peligrosos.
¿Qué tiene que ver la autoinmunidad con todo esto?
Cuando no hay una salud digestiva adecuada, como por ejemplo hay alguna infección en la boca o intestinal, no se produce suficiente ácido en el estómago e incluso, hay una saturación intestinal que no permite digerir adecuadamente todos los alimentos que llegan, se genera un contexto intestinal inflamatorio donde las proteínas mal digeridas pueden contactar con el sistema inmunitario, detectarlas como peligrosas y crear una respuesta de ataque contra ellas. Aquí el problema radica en que estos péptidos mal digeridos se parecen a péptidos de nuestras propias proteínas y nuestros leucocitos acaban atacando a nuestras propias estructuras. Aquí es cuando aparece la autoinmunidad. Por ejemplo, la proteína del gluten y la caseína de la leche de vaca pueden ser culpables de esta situación.
¿Qué puedes hacer para mejorar tu salud digestiva?
Parece que el estrés está por todos lados. El estrés no siempre es malo. Realmente, nuestro cuerpo está acostumbrado a lidiar con momentos de estrés.
Pero solo eso, momentos. No vivir un 90% de nuestra vida como si nos persiguiera un león y un 10% como si estuviéramos en una playa paradisiaca tomando el sol y sin hacer nada.
El estrés es necesario cuando estamos en situaciones en las que nuestra supervivencia se puede ver comprometida. Nos prepara para lo peor y se activan todos esos mecanismos para responder como es debido y sobrevivir: la lucha, la huida o la congelación.
El problema de hoy en día es que vivimos con un estrés cronificado. Nos pensamos que somos máquinas de hacer y que lo que nos exigen los demás va por delante de lo que tú necesitas para estar bien.
Cuando no tenemos tiempo para bajar revoluciones, desconectar de las preocupaciones ni para disfrutar de los pequeños placeres de la vida, nuestro cuerpo vive en alerta constante.
Eso se traduce en un aumento de cortisol y adrenalina por nuestro cuerpo, que de forma crónica nos funde las pilas y con ello, el sistema inmunitario entre otros sufren los estragos.
¿Qué puedes hacer para dejar de vivir estresado?
La nutrición es un factor importantísimo que en la mayoría de abordajes convencionales no se tiene en cuenta. Para que nuestro cuerpo funcione como es debido, hay que nutrirlo con el combustible adecuado. Igual que un coche diésel no puede funcionar con gasolina, nuestro cuerpo necesita los alimentos que lo han acompañado durante los miles de años que lleva pisando la Tierra y no productos llenos de aditivos que confunden a nuestro cuerpo.
En concreto, cuando hay autoinmunidad, significa que tenemos un sistema inmunitario hiperactivo y que se han perdido los mecanismos de tolerancia inmunitaria.
Para reducir la intensidad de nuestra inmunidad y recuperar la tolerancia, podemos aumentar el consumo de:
Una parte importante para tener un sistema inmunitario competente es cuidar el ambiente que nos rodea. Cada vez estamos más expuestos a tóxicos ambientales, alimentarios, en el agua y sin olvidar los mentales.
Todos ellos son estresores corporales que cuando se cronifican, mantienen una señal de alerta constante dentro nuestro. Esto acaba desgastando energéticamente nuestras células ya que da igual lo que hagamos que si no dejamos de exponernos a ellos, nunca podremos parar.
De esta manera, el cuerpo se acaba saturando de tal forma que los sistemas empiezan a fallar: nuestro sistema inmunitario no puede combatir otros agresores, no puede reparar y puede confundirse y atacar lo que no toca.
Para mejorar este punto, te dejo unas cuantas opciones que pueden servirte:
Cuando convives con una autoinmunidad, lo que necesitas para volver a vivir sin síntomas es recuperar tu equilibrio. Necesitas encontrar qué factores han desajustado tu sistema inmunitario para resolverlos y que tu cuerpo recupere su funcionalidad.
Si quieres descubrir cómo te puedo ayudar a recuperar tu equilibrio interior, puedes tomarte un café virtual conmigo, 30 minutos donde nos conoceremos, me contarás lo que te ocurre y te explicaré cuál es la mejor forma en la que te puedo ayudar.